El tano

By lanochebocaarriba

La luz de las calles comenzaba a encenderse. El frío metálico encorvaba a los futuros pasajeros del 60 que interrogaban a la avenida con los ojos. Tironeé a Lola y apuré el paso. Ya estaba por llegar y todavía no había comprado los cigarrillos. ¿Cenaríamos? La costumbre de vivir sola disolvía el ritual de la cena. Desde las siete a las once era un buen horario para tomar la última comida. ¿Qué quería decirme después de tanto tiempo de amistad ahogada por la infamia y la flaqueza de su mujer?

“Dejá que fluya el mate”, me había dicho Hernán. Esa noche repetiríamos el ritual por años suspendido.

 1998. Misa de siete. El Tano solo, en un banco. Lo esperé a la salida. En agosto oscurece pronto. Nos sentamos en la plaza y hablamos hasta tarde de ella. Lo torturaba con su belleza y él no encontraba la manera de acercarse. Esa noche las palabras se le fueron enredando en su corazón y yo solo estuve ahí para escucharlas. Quise darle esperanza, pero él seguía en sus trece. Ella jamás lo amaría.

Preparé el mate, Lola trajo todos sus juguetes para agasajarlo. Lo escuchamos. ¿Cómo decirle que me duele infinitamente lo que me está contando? Es mi amigo, lo quiero con toda el alma. Se va a casar. Hace siete años era su sueño y hoy lo veo triste, y yo también estoy triste. No puedo felicitarlo. Hay un dolor gigante detrás de todo esto. Hubiese querido tener la voz y la fuerza de decirle lo que realmente tengo dentro. Pero no lo hice. Lo escuché. Otra vez. Es claro que está confundido. Hipotecó su alegría en función de un sueño del que se convenció, que ni siquiera soñó. Mi amigo, el Tano, está triste.

¡Cómo se muda la vida un instante! Muchas veces no tenemos la capacidad de plantarnos frente a una decisión y dimensionar cómo va a cambiarnos, cómo puede matarnos. El Tano está triste y sus ojos no se van a alegrar cuando la vean entrar a ella. Hay una pena vieja en su corazón. Ya no late la alegría en su cuerpo y su espalda no resiste tanta tristeza. El está acá, hablando conmigo. Tengo en horrible poder de deshacerle su proyecto en un segundo y sin embargo me callo. Hablo de mis alumnos, de Pato que se fue a vivir al sur, de todo lo que tengo para corregir y le escondo mi corazón. No es eso lo que a él le gustaba. Tano, dejame que te cuente, dejame que te cure. Quiero decirte todo lo que te quiero. Quiero que pienses realmente qué es lo que vas a hacer. ¿No te das cuenta de que todavía estás a tiempo? ¿Quién paga el pecado de esta condena invisible que vas a vivir? ¿Quién te engaña de esa manera? Cantemos. Sí, cantemos El témpano. Nos sale bien. Me acuerdo cuando Juan me desaprobaba y vos con tu ternura infinita me golpeabas la rodilla y me decías que siguiéramos. No importa si desafino, ¿no? Te quiero tanto.

Sé que te pusiste un poco triste cuando te contaba que Hernán era mi nuevo handyman. Era tu puesto cuando me fui a vivir sola. Venías con las herramientas y pasabas por todos los ambientes de la casa corrigiendo los emparches que había hecho yo en espera de un novio que supiera cambiar el cuerito de la canilla. Perdón, pero tuve que conseguir otro. Se me estaba cayendo todo a pedazos y no tenía dónde poner la compu. El 20 de julio de 1999 tuve la alegría de saber que había entrado en tu corazón. Un año después de conocerte, me felicitaste por el día del amigo. Yo sabía que era una de las tres personas en el mundo que podían recibir ese saludo de tu parte. Con tu cruda devoción provinciana por la amistad genuina me dijiste que finalmente habías encontrado refugio en esta perra ciudad… y ahora te me estás yendo.

Me acuerdo que ella, en una infidencia, me confesó que vos querías que yo fuera testigo del casamiento. Después pasaron las mentiras, los engaños, la envidia y las heridas entre nosotras. Pero nunca dejé de quererte. Te vas a casar, Tano, y yo no voy a verlo.

Mientras tanto, seguimos hablando de cosas diferentes de las que tenemos en el corazón. Te morís de ganas de preguntarme qué pasó y yo necesito decírtelo. Ninguno de los dos va a ceder. Continuemos llenando la noche de sonrisas y frases hechas. El velador a contraluz no me deja encontrar tus ojos. El reflejo en la lente de tus anteojos me consuela. No tengo que soportar esa tristeza inmensa que vomita tu alma. Las horas corren, el mate se acaba, los cigarrillos se apagan, Lola se acomoda de vez en vez para que le puedas hacer mimos. Todo esto se está yendo, Tano. Despidámonos.

No pude darle esperanza ni hacer que se sintiera mejor. Sacó del bolsillo la invitación y con sus ojos infinitos me dijo que quería que estuviese allí. Dejé el sobre en la mesa y lo abracé con el corazón. Aunque no le dije nada más, los dos supimos que no nos volveríamos a encontrar. Ya no serían amargos los mates, si no los recuerdos. Ahora sí es definitivo.

Julio 2004

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