Finalmente existe el hombre ideal… y no está bueno, porque él no está conmigo. Hace un tiempo ya que me acostumbré a frecuentarlo, a tratarlo casi normalmente; pero hoy ha sido un día muy duro realmente: tengo metido a S en la nuca. Anoche soñé con él. Soñé con la ternura con la que me trata siempre.
No tengo claro qué era lo que pasaba; pero si recuerdo que estábamos nosotros dos en un lugar cualquiera y había alguien más. Ese alguien trataba de que no estuviéramos espacialmente juntos. No creo que hubiera mala intención, sólo que no nos dejaba solos. Tampoco hubo ninguna situación erótica, sólo ternura. Sencillamente estábamos nosotros tres en algún lugar que a mí me provocaba tensión. Yo conversaba con esta tercera persona y enseguida aparecía S para confortarme y decirme que todo estaba bien y que todo iba a estar bien. Me tomaba de la mano y yo no lo miraba porque sentía vergüenza; tampoco miraba al otro, porque tenía miedo de que se diera cuenta de lo que yo estaba sintiendo, pero sí miraba las manos. S y la otra persona hablaban y teorizaban acerca de lo que pasaba y lo único que yo hacía era mirar las manos. No quería romper esa unión, pero enseguida la separación se producía y volvíamos al comienzo: a mi desconcierto, a mi charla con la otra persona y la reparadora aparición de S.
Sus manos son muy importantes para mí. Siempre me acaricia la cara para saludarme. No es un simple beso en la mejilla; es cariño sincero. Sé positivamente que en ese saludo intenta decirme muchas cosas, que no sé qué son, pero están y las recibo así: llenas de un significado que no quiero descubrir, porque quiero que queden en ese instante y no matarlas intelectualizándolas o dándoles un sentido humano. Sé que no soy igual que los demás para él. Soy especial. Y él es especial para mí.
Para caer de jeta en un lugar común del que estoy tratando de escaparme, digamos que es la encarnación de todo lo que yo soñé alguna vez en un hombre. Es increíblemente agradable y respetuoso. Su voz es suave pero puede inundar un lugar lleno de gente y lograr su atención. No grita; sólo habla o canta. Siempre tiene algo lindo para decir. Sospecho que busca la sonrisa de la persona que tiene al lado. Y eso es muy noble.
Casi siempre lo observo de perfil. Donde mira, echa luz. Sabe combinar sonrisa con seriedad y respeto. Siempre espera tranquilo, siempre agradece.
Conmigo es diferente. Conmigo tiene atenciones que no tiene con otros. Me sonríe, me pregunta por mi vida y me mira cuando le respondo. Muchas veces, él está con la cabeza en otra cosa y no me presta atención; es entonces cuando paso por su lado y no lo saludo. A veces, doy vueltas alrededor de donde él está hablando en voz alta con otra persona para que se dé cuenta de que estoy. Sabe mirarme. Cuando estoy contenta, lo adivina y me cuestiona. A veces le contesto… a veces, no.
Y no puedo evitar la adrenalina cuando me habla; y no puedo evitar sentirme orgullosa cuando lo veo actuar con los demás; y no puedo evitar admirarlo cuando hace música; y no puedo evitar sentirme honrada cuando me escucha… es en esos momentos en los que apuro el pucho para no tener tanto tiempo a solas con él, porque tengo miedo de decir algo que no sea inteligente… y por adentro me desgarro de las ganas de eternizar esa conversación y hablar y hablar y hablar de cualquier cosa que nos interese o que haga que el achine un poquito sus ojos y haga una media sonrisa de costado. Es ahí cuando sé que debo parar para que él se vaya con la sensación de que pasó un lindo momento… y junto, cuando puedo, muchos de esos momentos para que a fuerza de repetición le queden en la memoria.
Nunca se viste bien. Tiene algo de dejado, algo de bohemio, algo de hippie y algo de magia.
Una vez estuve a su lado, compartí un vino, y pude observarlo envuelto en su música y en su gente. Ese tiempo me transportó y curó a mi alma de los tortazos que a veces le dan. Cada tanto lo recuerdo. La luz era la suficiente, las caras eran lindas, la música giraba y la creación flotaba en el aire. Y S. sabía que yo estaba ahí; sentada en el piso, mirando las juntas del parquet y tratando de encerrar todo eso en los cinco sentidos de mi ser. Se ocupaba de mí, me escuchaba cuando me animaba a intervenir tratando de ser lo menos torpe posible en mis aportes. Y me lo agradecía. Y hacía sonar su piano. Y me servía la copa si estaba medio vacía. Y se levantaba. Y escuchaba lo que decían los demás. Y lo mejoraba. Y esperaba la aprobación con mucha humildad. Y volvía a preguntarme si yo estaba bien.
No es un amor imposible… es imposible que yo lo ame. Tan, pero tan grande es a mis ojos, que yo nunca podría verlo como a un hombre común. Tanto es lo que su mirada y su voz dulcemente me amilanan que jamás podría estar en desacuerdo. Y esto haría la vida muy aburrida la vida para él.
Lo bueno es saber que existe.
Lo malo, también.
7.viii.2008