“Cuando te vi sabía que era cierto
este temor de hallarme descubierto.”
Acá estoy. Exactamente como estuve todos estos días: sentada frente a la computadora, con la casilla de mail abierta y chequeándola todo el tiempo. Espero un correo de él. Algo que me diga que me quiere, que quiere estar conmigo. Por supuesto, there was no e-mail, that´s why I´m writting this shit.
Hace un mes apareció, sin siquiera la tener la decencia de gritar agua va, en una cocina de Potosí. Ocupada y distraída en las folclóricas labores de preparar un mate que me rescatara de la sensación de haber tenido uno de los peores viajes de mi vida, me atropellé los sentidos y las palabras cuando él se dio vuelta.
Lo miré e instantáneamente supe, con una de esas convicciones caprichosas que atraviesan la piel, que lo quería para mí. Ese fue el principio de la historia, una conversación estrictamente típica, enmarcada en el rito del turismo social: lo recorrido, experiencias casi nunca increíbles y conjeturas acerca de lo que está por venir. Quisiera especificar más qué fue lo que hablamos, pero me es imposible porque lo que vino después de su primera frase, está en blanco.
No tengo idea de lo que dije ni de lo que me dijo. Unos días más tarde, cuando disfrutáramos de nuestra primera noche juntos en la Isla del Sol y planéaramos cómo pasar el día siguiente, él me enumeraría los temas de esa tarde.
Quise irme. Sentí una profunda urgencia de desaparecer. Sabía que si me quedaba ahí, él me iba a colonizar. No tengo idea de dónde dejé el mate ni de cómo salí de esa cocina. Apenas un minuto después encontré a mi amiga y le dije que acababa de conocer a un hombre. Un hombre que con su mirada, su tono de voz y la media sonrisa que tenía instalada en la cara, acababa de desarmarme el mundo.
Horas más tarde, lo encontré en medio de la gente y no lo miré a los ojos. No me atreví a hacerlo sino sólo tres ciudades después.
Y los buses fueron partiendo y las despedidas repitiéndose y nosotros encontrándonos, siempre en el medio de la multitud. En un bar, a la hora del desayuno, en una calle de Potosí, en otro hostel, en otro bar, en otra puerta de hostel, a la noche, en un sillón, en una calle de Copacabana, en un restaurant. Era imposible evitarnos. No fue culpa del destino; eso le pasa a todo el mundo. Lo nuestro era diferente: nos encontrábamos porque queríamos encontrarnos. Simplemente yo deseába verlo y él aparecía y me sonreía y el mundo volvía a ser bueno y la vida tenía razón y la razón ya no importaba.
Copacabana. A poco de llegar, descubrí su sonrisa en el centro de la luz que el sol descargaba sobre la calle envanecida por la inmensidad del lago que asomaba detrás. Mi cabeza estaba confundida a causa de un mojito que había apurado minutos antes en el hostel. No sé qué le dije. Moría por dentro. Moría por dentro cada vez que lo veía. Torpes y muy evidentes estrategias de mis amigos nos regalaron una pequeña intimidad; nosotros ignoramos y perdonamos las primeras y aceptamos la segunda. Caminamos por la orilla del Titicaca. Sólo yo sé cómo deseé que esa playa fuera inmensamente larga, que no terminara nunca para poder seguir disfruntándolo. Esperaba que me dijera que se había enamorado jodidamente de mí; pero no dijo nada o la playa fue demasiado corta.
Me gustaba. Me gustaba mucho. Me aturdí. Se fue y yo me quedé con toda la ansiedad posible y con la sensación de que eso era todo lo que podía esperar de él: un poco de camino y un poco de conversación. De alguna manera, era cierto; sólo que yo no sabía exactamente cómo eso iba a pasar.
Sentada a la mesa de un bar, escuché a los chicos hablar. Sus predicciones eran felices. Estábamos alegres y planéabamos estarlo un poco más; nos pedimos unas cervezas y brindamos por mi historia de amor. Mi mente estaba muy lejos de eso; yo los miraba y sonreía en silencio. La sana costumbre de pensar que las cosas buenas no están entre mis opciones, el mítico sexto sentido y el pasado que había estado haciéndose presente los últimos días me decían que cualquier asomo de comunión con él tendría un fin, si tenía la suerte de que empezara.
Y empezó esa misma noche. Bailamos. Y yo ya era suficientemente feliz. Salimos al balcón buscando fresco, un poco de aire y yo repetir la sensación de intimidad con él. Dijo cosas que no me interesaron en absoluto. Dije cosas que tampoco tenían importancia alguna. Hablé con la ansiedad y la torpeza de quien quiere eternizar los momentos; ignorando que, como justamente son momentos, son finitos, no duran más que lo que deben durar. Después de todas esas palabras, al final de todos esos asuntos que a nadie importaban, la primera despedida. Al día siguiente, seguíamos nuestros caminos que, aunque parecidos, no eran iguales. Entramos.
Pero no me fui y él tampoco. Lo ignoré y definitivamente me colgué de la sonrisa que se había quedado ahí dando vueltas.
De nuevo fue imposible evitarnos. Bailamos. Nos reímos. Me besó. Y aunque deteste visceralmente caer en la imposible tentación de decir que el mundo desapareció -y aunque sé que ese es un espantoso cliché- eso sucedió. Abrí los ojos y él me miraba y sonreía y yo no podía creer que eso fuera verdad. Y tenía razón: no lo era. Era real, pero no era verdad.
Al día siguiente, tomamos diferentes lanchas pero nos esperaba la misma isla. ¿Cómo íbamos a hacer para vernos? Él, como si fuera un cronopio autorizado, me prometió que no necesitaríamos de celulares, direcciones ni horarios: sencillamente íbamos a saber dónde estaba el otro y hacia allí íbamos a ir.
Durante el viaje, escuché a mi Eduardo verbalizar la ridícula esperanza que desvariaba en mi mente, esa que nace de la sobreexposición a películas y novelas: “¿y si te va a esperar?”. Tenía esa pregunta enterrada en la médula. Al llegar comprendí que eso era imposible. Además de que seriamente dudaba que él fuera capaz hacer algo semejante, la geografía lo hacía humana y románticamente imposible: era necesario bajar cerca de 700 metros, partiendo de unos 3.800 sobre el nivel del mar, y luego volver a subirlos. No.
Respiré hondo y empecé a subir. La mochila y un revoltijo de cosas mal acomodadas me convirtieron, luego de 15 escalones, en un ser completamente atribulado por el peso, la altura y la perspectiva de un esfuerzo físico hercúlico que era necesario hacer si pretendía dormir bajo techo esa noche. Detrás de mi pequeño guía, yo respiraba con un aire que apenas podía encontrar, preguntaba cuánto faltaba, juraba que era imperioso dejar de fumar en un futuro muy próximo, buscaba a mi hombre con la mirada y lo llamaba con el alma. Y sí. Y ahí estaba. Bajando para buscarme. Hice todo lo posible para recuperar la dignidad de ser humano, pero el aire apenas entraba por mi boca y los insultos no dejaban de salir. No lo miré a los ojos. Me daba bronca esa terquedad de su mirada que me dejaba desnuda y yo no quería enamorarme. Le agradecí despreocupadamente que estuviera ahí, mientras le quitaba importancia a su gesto enorme. Fui estúpidamente feliz. Y esto es todo lo que está en mis manos decir, porque cuando faltan las palabras, no hay motivo alguno para forzarlas: si no las podemos encontrar es porque son conocedoras del alma y saben que si lo hacemos corremos el riesgo de materializar algo que vale la pena dejarlo adentro, quieto, en silencio y en plenitud.
Él levantó mi mochila y yo tuve la puta idea de mirarlo a los ojos por primera vez. Él hizo mi camino más liviano y yo me enamoré. Y entonces lo miré, lo miré a boca de jarro, lo miré todo el tiempo, lo miré impúdicamente, lo miré todo lo que se puede mirar. Y él sonreía. Y a mí se me iba el corazón para cualquier lado. Todo, absolutamente todo, me pasó por dentro.
Las horas que siguieron las combinamos con mate, pocas palabras y compañía.
Esa noche me dormí con su promesa de vernos al día siguiente. Teníamos toda una isla por recorrer y todo un día para compartirnos. Sonreí cuando escuché la lluvia de la mañana. Salí a la puerta. Muerta de frío, abajo del agua y con el primer cigarrillo del día, agradecí haber entrado en la cocina de Potosí ese día, en ese exacto momento. Plena. Feliz.
Pasaron las horas de la mañana y yo no había tenido noticias de él. Chequeé el celular dos o tres veces más de las recomendadas y decidí caprichosamente que ya era tiempo de encontrarlo. Basta, se me había acabado la paciencia, así que me concentré y cerré los ojos y le dije que quería verlo. No me sorprendí cuando di la vuelta al camino y él apareció en mi horizonte. Así debía ser; así me lo había prometido él. No evité sonreír; estaba claro que hacíamos lo que queríamos con el destino. Él era mío y yo era suya; él haría lo que yo quería y yo lo que él quisiera, porque nos obedecíamos tierna y dócilmente.
Había gente. Yo no hablé con él y él no habló conmigo. Como si lo hubiéramos acordado, nos separamos con tranquilidad y con la seguridad de volver a abrazarnos cuando el tiempo fuera sólo nuestro.
Cuando las nubes llegaban puntualmente para comenzar su rito de lluvia nocturna, él se asomó por la ventana con la invitación de comer todos juntos. La alegría volvió a darme un bandazo, sólo que esta vez yo había reunido durante todo el día el coraje necesario para disfrutarla de bote a bote, sin regalarle ningún resquicio a la duda ni al temor.
Y caminamos. Caminamos cumpliendo el rito con el que siempre comenzaban nuestros encuentros.
Y a él y a su discutible sinceridad se les ocurrió clavarme la sombra en el alma, minutos antes de que empezara a llover. Romanticismo en su más estricto sentido literario. Comenzó a hacer frío y a oscurecer. Así estaba yo adentro de mí. Él me decía que hasta acá llegaba todo, que yo no podía seguir siendo feliz porque había alguien que lo amaba y que lo estaba esperando. No sé en qué momento me colgué de sus ojos y dejé de escucharlo. La lluvia, la oscuridad y su verdad me atravesaron de lado a lado. Sin decir nada lo envolví con mis brazos y mis piernas; era posible que tuviera frío como yo. Quizás imaginaba que no era él, sino otro, alguien malo, y yo quería recuperar a mi hombre. Quizás creía que era la noche la que lo hacía decir barbaridades. Quizás suponía que si mis lágrimas le tocaban el pelo, todo lo triste desaparecería.
Y volvimos caminando. Esta vez, hacia abajo, en la oscuridad y sin saber por dónde íbamos. Como si fuéramos los peregrinos de Emaús, encontramos a alguien que nos dio luz en el trayecto. Pero seguimos más allá. Y el camino se hizo más difícil y el lago me pedía que lo dejara ir, que lo abandonara ahí mismo y mi mano se aferraba más a la de él y cada vez tenía más miedo y la oscuridad se nos vino encima y él iba adelante y me llevaba de la mano pero yo seguía teniendo miedo y él, como si pudiera adivinarlo, me agarraba cada vez más fuerte y yo paré y él paró y lo besé. Lo besé porque tenía miedo, porque iba a perderlo, porque tenía frío, porque tenía que agradecerle que hubiera entrado en mi vida, porque me excitaba besarlo en medio de una naturaleza furiosa con el mundo y con nosotros.
Así empezó la segunda parte de todo esto. Éramos Adán y Eva tratando de ser felices a pesar de tener pleno conocimiento de que lo que estábamos haciendo estaba mal. No dormimos esa noche, sólo nos abrazamos, nos besamos y hablamos de lo que podría haber sido, de lo que es, de lo que sería y de lo que será. Y fue así cómo conminamos a la conciencia a quedarse dormida a fuerza de dejarla cansada de tanto hablar. Por eso, al amanecer, decidimos abandonarla en la isla y disfrutarnos el alma, a solas.
Durante todo ese día no hicimos otra cosa que encontrarnos. Nos reconocimos en la mirada, en las palabras, en los silencios, en los pasos, en los besos, en las manos, en los sueños y en las esperanzas. Fue incómodo descubrir la comodidad implícita que había entre nosotros. No hicieron falta consultas ni hubo necesidades que explicar. Yo lo sabía a él y él me sabía a mí. Habitaba el aire de Copacabana la feliz sensación de impunidad con la que habíamos amanecido.
Separarnos la mañana siguiente, contra lo esperable, fue fácil. Le saqué una foto, me despedí de él con un beso y fui a desayunar feliz con Kundera y su libro de los amores ridículos.
Una semana más tarde, y a miles de kilómetros de distancia, él volvería a aparecer en mi vida, acusándome de ausencia, silencio y olvido. Sólo mi alma sabe cómo jamás quise eso.
Lo que siguió fue una desordenada colección de mensajes y correos, cuyo contenido nos escondía de la realidad que teníamos delante. Un último encuentro y todo terminó en un proceso mucho menos noble que el que yo habría elegido. Me conformé con escuchar sus motivos contaminados de un deber ser tan estricto que me olvidé de que era él y no entendí de qué era él. Exactamente un mes después de haber aparecido, se fue. Aunque con algunas despedidas rezagadas, pero puntual.
Cargo con la certeza de que lo único que está en mis manos es escribirlo y así exorcizarme de él, de su recuerdo, de sus besos, de sus caricias y de mis sueños, para amanecer en mi centro de nuevo.
Y acá estoy. Aniquilando un paquete de cigarrillos. No sólo no dejé de fumar, sino que ahora me parece obligatorio -y, nuevamente, espantosamente cliché- combinar el tabaco con el dolor de la soledad de la noche y de la certeza de que ni mañana ni nunca va a despertarse en mi cama. Porque, a pesar de que lo sigo conminando en silencio a que se cruce en mi camino, se ve que decidió no hacer más lo que yo quiero.
Un dolor sordo, constante y porfiado me hace caer en la malísima tentación de esperar que recupere la falta de cordura para decirme que no quererme fue la decisión más idiota que haya tomado jamás nadie en el mundo. El tiempo pasa y no hay señales: prueba de que el deseo se durmió y de que la razón llegó.
Quizás haya razones que razonen no tengo razón para esta tristeza; quien piense así nunca tomó mate envuelto en otra alma.